Cuando al niño que cometía locuras les notificaron que efectivamente esa historia era tan sincera, verdadera y tan potente, se quedó exhausto con tan solo escucharlo. De tanta pasión con la que la viviría, de tan real como sería...y se quedó dormido del cansancio...
Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. El niño que cometía locuras quería ser una excepción, pero pasó que no pudo resistirse a sus encantos.
Se daba cuenta que cuanto más contaba su idilio, su idilio más se desvanecía. La respuesta que esperaba parecía retrasarse.
Ya se lo decían muchos que las cosas no se cuentan, que las cosas se gafan...el niño que les gustaba cometer locuras, la cagó.
El niño loco sabía que no podía insistir más, pero lo hacía porque no podía resistirse a la tentación. Le costaba luchar contra ella. Y sabía que si la respuesta no era buena no podría pedir explicaciones, ya que no había nadie más responsable que él en lo que estaba ocurriendo.
Le pasaba que cuanto más hablaba, más la pifiaba...pero no sabía hacerlo mejor. Pobre niño de las locuras.
Sabía que no podía mostrar con tanta euforia que su mundo y lo que le rodeaba lo enamoraba. Ya había comprobado que eso lo asustaba y así se mostraba distante. Si el niño no comprendía el mensaje nunca recibiría la respuesta que esperaba. Era una locura!
Pero también pasaba que de repente llegaban indicios de respuestas...a cuenta gotas...de forma intermitente...y el niño se volvía loco.
Os cuento un secreto...el niño que cometía locuras no era tan niño.
Cometer locuras es agotador.
Cometer locuras no es fácil.
Cometer locuras trae consecuencias a veces complicadas de llevar.
Cometer locuras, sin embargo, nos gusta.
Somos unos pocos los locos...
Escribir aquí la historia del niño loco, ya sabéis lo que era...
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